sábado, 30 de octubre de 2010

Mazazos.


Sin tremendismos la semana no pudo ser peor. Nos dicen desde el exterior que somos más corruptos, menos democráticos y menos prósperos. Sumemos la ola de violencia que se ha desatado, la cual tiene como protagonista a los jóvenes. No es fácil ver la cara amable de las cosas. La petición de dar “buenas noticias” no es desechable, la cuestión es cómo hacerle.

La violencia en Tijuana, Juárez, Tepic y la colonia Morelos en el DF, es producto de un todo. No son hechos aislados. La violencia se va generalizando. Los jóvenes han entrado en el terreno en que son víctimas o victimarios. Lo de Juárez ratifica el fracaso de “Todos Somos Juárez”. No hay personaje del gobierno federal que sea “bienvenido” en la ciudad, de no ser que llegue con operativos de seguridad. No se trata de suponer que todo se resuelve con parques, canchas de futbol o plazas públicas. Hoy, difícilmente hay vida pública en Juárez. El problema está en la estructura social, lo que deriva en que los jóvenes en Juárez estén y se sienten abandonados sin salidas a sus sueños o esperanzas.

Por más que han tratado de integrarse y hacer algo por su comunidad no han podido conseguir nada, se vive bajo el miedo. Después de la matanza en Villas de Salvárcar, no ha cambiado casi nada. El ataque al camión de trabajadoras de las maquiladoras confirma la situación. El diagnóstico del gobierno federal y local sobre Juárez es equivocado y está terminando por ser peligroso.

Juárez parecía ser el gran foco rojo de la violencia y los miedos. Pero, esta semana aparecieron brutalmente Tepic, Tijuana y el DF. El narco, en todas su dimensiones, ya trastocó las raíces de la sociedad mexicana. No tiene sentido generalizar, pero es evidente que entre los hechos y la percepción que tenemos de lo que pasa, estamos entrando en algo que podríamos llamar una “nueva realidad”. Construimos la mirada de las cosas no sólo por lo que se supone que es, sino por lo que percibimos, lo cual genera reacciones, estados de ánimo, actitudes y la toma de decisiones que determinan nuestros actos.

En una semana tortuosa en donde parece que pasó todo, lo más grave es cómo los jóvenes son masacrados en medio de impunidad. Los políticos se escudan en frases como “ajuste de cuentas”, “primero son las instituciones”, “asuntos personales”, “daños colaterales”, “riesgos de la efectiva lucha contra del narcotráfico”, para justificar su incapacidad. En una semana en que nos dieron de mazazos, quizá las autoridades puedan darse cuenta en la que estamos metidos, particularmente con el desazón en que andan los jóvenes.

Fue un problema que el joven reconociera sus problemas con el alcohol. Ya que lo hizo, se vino otro problema: que aceptará internarse en una clínica. Su familia hizo un esfuerzo para convencerlo y pagar el tratamiento. Tenían buenas referencias sobre la clínica, la misma que en el absurdo llamaron “clandestina”. Tenía dos semanas, “iba avanzando” hasta que fue uno de los masacrados el fin de semana en Tijuana. Abrazos.

martes, 26 de octubre de 2010

La democracia en crisis.


Tema político central a discusión es el de las falsificaciones y distorsiones que vive hoy la democracia. Mil ejemplos se señalan, pero rara vez se toca el fondo de la cuestión, que casi siempre se limita a señalar las razones éticas, educativas, de inmoralidad que viven los protagonistas.

Sabemos bien que en sus orígenes (la Ilustración, siglo XVIII) la revolución burguesa propuso "justicia, igualdad y fraternidad". Pero su desarrollo efectivo ("el capitalismo real"), en estos siglos de afirmación ha mostrado más bien una ilimitada capacidad de efectuar destrozos humanos, sociales y ecológicos, negando sus originales promesas de futuro. La actual crisis del capitalismo neoliberal nos muestra una vez más su incapacidad para satisfacer las necesidades humanas básicas, negando tajantemente las aspiraciones a la igualdad y al real desarrollo. La globalización capitalista profundiza la desigualdad entre las naciones y al interior de las mismas, logrando una espectacular concentración del capital en pocas manos y reproduciendo a escala planetaria y de manera escandalosa el fenómeno de la explotación.

La globalización neoliberal ha implicado no únicamente la extensión geográfica del capitalismo, sino la extensión "universal" de las relaciones capitalistas de producción y consumo en prácticamente todas las áreas de la vida humana y social. En este proceso todos los aspectos de la vida se han convertido en mercancías, y desafiados y destruidos los más elementales derechos humanos, democráticos y laborales, lo cual va de la mano de una clara política represiva y de liquidación de los derechos básicos de los hombres y las mujeres. En el fondo, se ha avanzado enormemente en la restauración de un Estado no democrático y de "permanente peligro" que se enmascara detrás de la "guerra contra el terrorismo" y detrás de las nuevas guerras de recolonización y de conquista imperialista.

Por añadidura, el sistema capitalista de producción se muestra radicalmente incompatible con la preservación de los ecosistemas del planeta y amenaza la condición de sobrevivencia y reproducción de las especies animales, incluido el hombre. La crisis ecológica modifica de raíz las condiciones de la lucha por la emancipación; además, las luchas por la preservación del ambiente no pueden ignorar los conflictos de clase y la explotación social: de otra manera están destinadas al fracaso. Tal lucha no puede reducirse a un tono "moral" o de "recomendaciones" a la buena fe, sino que son inevitablemente políticas y sociales, porque también de ellas depende la suerte de la humanidad.

Naturalmente, una de las destrucciones más brutales del capitalismo ha sido la de su postulado democrático de origen. La lectura actual de Juan Jacobo Rousseau nos dice hasta qué punto se ha destruido la democracia "soñada" en un momento, y como en la práctica, en los llamados "sistemas democráticos", el dinero acumulado funciona como su contrario, imponiendo la dictadura de sus intereses. La brutal concentración del ingreso no solamente impide que gobierne la "voluntad general", sino que la minoría adinerada impone su voluntad como si fuera la "voluntad de todos", haciendo imposible la construcción de una real voluntad democrática.

A esa dictadura minoritaria del dinero se le ha llamado oligarquía, y es a lo que Andrés Manuel López Obrador llama "la mafia" que nos gobierna. Y cuando el dice "al diablo con las instituciones" está mostrando su desprecio precisamente a esas instituciones que no representan el interés general de la nación, sino intereses particulares o de grupos reducidos, oligárquicos.

De allí también que se oponga tajantemente a una política de "alianzas" de la izquierda (en el fondo un fragmento de la izquierda: PRD) con la derecha (el PAN). Porque sigue pensando que la política, en su sentido más genuino y constructivo, tiene al final de cuentas un significado emancipatorio y libertario, que la derecha está lejos de tener, y que las alianzas, confusas mezclas con un propósito puramente pragmático e inmediato, únicamente conducen al desconcierto ciudadano. No estimulan la democracia, sino que la convierten en algo oscuro y ambiguo, sin valor alguno.

Ante quienes aluden como ejemplos positivos para la alianza de partidos en el estado de México, contra Peña Nieto, los casos de Oaxaca y Puebla, debe decirse que ahí el candidato unitario hizo posible el frente común de diferentes partidos, pero ¿dónde está el Gabino Cué del estado de México? ¿Aceptaría el PAN a Alejandro Encinas como candidato de las alianzas en ese estado, quien sería el candidato más lógico de la izquierda? ¿O siquiera a Alejandro Gertz Manero, que ha sido propuesto por Convergencia? ¿O saldría el PAN con un candidato del Yunque, tratando de imponerlo como el candidato de la "alianza"?

¿Verdad que la cuestión tiene muchos más bemoles, incluso de orden pragmático, de lo que pudiera parecer a primera vista? En todo caso, parece perfectamente claro que la idea de las alianzas electorales tiene su origen en Felipe Calderón.

Que las suscita para aprovecharlas: la cuestión es que parece del todo imposible que la derecha coincida con un candidato "aceptable" para la izquierda, confirmándose que la operación "alianzas" es para la derecha simplemente un esquema de provecho partidario (del PAN), y que no sería en absoluto favorable para la izquierda general (por eso dicen verdad quienes sostienen que se trataría simple y llanamente de una "traición").

viernes, 22 de octubre de 2010

El Discurso de la Guerra.


A partir de la declaratoria de “guerra” del 11 de diciembre de 2006 se articula la estrategia de comunicación del gobierno del presidente Felipe Calderón. En ella, así ocurre en las guerras, sólo habrá un tema: dar cuenta de lo que sucede en el “frente” y ofrecer datos, partes de guerra, en los que se asegura se va ganando.

El inicio

La guerra no fue tema de campaña y tampoco en la etapa de transición administrativa. El presidente Calderón ganó legal y legítimamente la elección del 2006, pero se sintió obligado, también lo hicieron sus antecesores, a realizar un acto fundacional de su mandato que lo distinguiera de su predecesor y lo legitimara frente al movimiento que en las calles encabezaba Andrés Manuel Lopez Obrador quien había pérdido la elección, pero no lo reconocía.

Las acciones que para legitimarse tomaron los presidentes anteriores fueron puntales y fáciles de controlar, pero Calderón asumió una decisión particularmente difícil de manejar. La guerra contra el narco de improvisto se convirtió en el tema central 11 días después de haber tomado el poder. El Presidente y los colaboradores que con él tomaron esta decisión no midieron lo que iba a implicar y tampoco visualizaron el problema en el que se iban a meter. Se sabe cuando se entra a la guerra, pero no cuando se sale. Hoy, ellos y la sociedad pagan las consecuencias.

En ese momento el país, ahí están los datos duros, vivía la etapa menos violenta de su historia y probablemente también la de menos penetración de los órganos del Estado por parte del narcotráfico como lo prueban diversos estudios (El narco: la guerra fallida, de Jorge G. Castañeda y Rubén Aguilar). La decisión del presidente Calderón fue política y se proponía “obtener” reconocimiento lo que convirtió a la “guerra” en él tema mediático único después de su aparición en cadena nacional.

La disputa mediática

El tema se posicionó de inmediato, como ocurre con todas las guerras, por la fuerza que tiene en sí mismo y porque ningún otro de los que se habían publicitado en la campaña electoral, como el empleo, podía obtener la misma importancia y visibilidad. Al convertirse en “el” tema inicia, entonces, la disputa por la agenda mediática entre el gobierno y los medios.

En semanas, los medios “arrebatan” el tema al gobierno. Es cierto que el Ejecutivo lo quería posicionar, pero son éstos los que establecen la manera como se va a abordar. El Presidente un día sí y el otro también habla del tema, pero son los medios, no la Presidencia, los que construyen el discurso, los que sostienen el sartén por el mango y en la disputa por la agenda el gobierno pierde y queda a su merced.

Son los medios los que frasean y regulan el discurso. Esto se facilita porque no existe en el país un código de ética de cobertura de casos de violencia y en particular de la producida por el narcotráfico. Aparecen, entonces, en las primeras páginas de los diarios las cabezas, los decapitados, las mantas, los cadáveres. Queda claro que son los medios los que tienen el control de la agenda que la traducen en clave sensacionalista y de escándalo.

Los resultados

En un principio y antes de que aparecieran los muertos, como ocurre en toda guerra, la estrategia llegó a contar con el 80% de aprobación. Se demostraba simpatía hacia el presidente y su gobierno por haber tomado esta decisión. Había rentabilidad política y mediática. Cuando empiezan a aparecer los muertos y se acrecienta la inseguridad, la rentabilidad baja y ya para septiembre del 2010, el 67% de la ciudadanía veía como inaceptable el número de los muertos.

Se intentan posicionar otros temas, pero resulta imposible. La realidad y también los medios no lo permiten. Los esfuerzos por establecer otras temáticas siempre fracasan. Lo logran sólo en coyunturas excepcionales como la contigencia sanitaria por la Influenza que en su momento fue el tema central. Calderón es el estratega de comunicación e insiste, con sus declaraciones, seguir en el tema. Él no se controla cuando se le cuestiona la estrategia de la guerra al narcotráfico y reacciona de inmediato. Lo asume como algo personal y los asuntos, por la reacción presidencial, se mantienen en los medios cuatro o cinco días cuando pudo haber estado sólo uno.

Lo que sigue

Da la impresión de que el Presidente Calderón se siente cómodo con la estrategia de guerra. Tiene fama de que le gusta mostrarse como hombre duro. Todos recordamos las fotos del Presidente vestido con uniforme militar. Ningún mandatario de corte civilista lo haría en ninguna parte del mundo, todos tratan de no utilizar la retórica y la simbología que los acerque a la estrategia militar por las implicaciones que ésta tiene. La percepción es, que la estrategia está en línea con lo que piensa el Presidente y que el discurso de la guerra seguirá hasta el final del sexenio.