domingo, 30 de enero de 2011

Guerrero: perder ganando.



En la hipótesis de que el PRI pierda las elecciones del próximo domingo en Guerrero ¿se trata efectivamente de una derrota? Probablemente no. Veamos.

Desde el año 2007, y a pesar de las caídas de Oaxaca, Puebla y Sinaloa, el PRI ha tenido una imparable racha ganadora. Controla, en ascendiente y/o en número, el Congreso de la Unión; gobierna 18 estados y numerosos municipios; su imagen en las encuestas es relativamente más positiva; tiene al precandidato presidencial mejor posicionado; los sondeos actuales le dan ventaja para 2012, y en la práctica sus voceros definen el tono de la atención mediática. Da la apariencia, por ende, de que el PRI siente que tiene la Presidencia en la bolsa.

Pero es justamente esa cadena de éxitos lo que ha creado poderosos inhibidores entre sus élites y un exceso de autoconfianza —por momentos hasta de arrogancia— que puede ser letal en 2012.

El primer problema es que parece paralizado en el terreno de las políticas públicas. El PRI intenta nadar de muertito, sin hacer olas que le provoquen un mínimo riesgo a la inercia que le favorece, y al confundir el estruendo con la partitura ha diluido los elementos diferenciadores, por los cuales el elector votaría, en especial el que por vez primera acudirá a las urnas, por el partido.

Esta táctica, que sirve por un rato, puede ser suicida porque conforme se acerque julio de 2012 el ciudadano, los medios y diversos líderes de opinión pedirán explicaciones de lo que el PRI hizo, concretamente, estos años para mejorar la situación del país, y no está clara la densidad de la respuesta.

La segunda señal es subestimar a una oposición que ya les demostró que no sólo es capaz de ensamblar alianzas inéditas históricamente, operar con todo pragmatismo en el terreno electoral, superar diferencias y, en conclusión, ganar en estados antiguamente escriturados al PRI.

Más aún: es evidente que para el presidente Calderón y para el núcleo duro del PAN (que es mayoritario) impedir el regreso no es una mera disputa partidista o una opción política: es un deber, casi una hazaña moral, con los mexicanos.

Y la tercera cuestión es que las muy buenas perspectivas han producido un espejismo en el priismo que consiste en reducir la política a lo efectista, a la coyuntura, lo que sirve para ciertas cosas pero no para gobernar con la visión conceptual, estratégica y global de lo que México demanda.

No hay partido al que le guste perder. Pero si el PRI puede ganar las presidenciales, Guerrero puede ser un incentivo muy potente para la reflexión, para una lectura distinta, para plantearse una estrategia política con un sentido de Estado —es decir, ideas, pragmatismo, narrativa— que proporcione a los ciudadanos razones para creer que la alternancia es una opción inteligente.

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